Escritor, novelista y poeta

Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta


AMOR SINCERO

Sólo deseaba llegar a casa de mi madre y comprobar que todo estaba bien.

   Llegué muy cansada, Estaba muy nerviosa y preocupada al mismo tiempo. Pero cuando pude situarme frente a la puerta, sentí que todo iba a ir bien. Por un momento, pensé que todo era un malentendido. Y así fue. Mi madre entró en ese momento con el carro de la compra.

- ¿Qué haces aquí? -

Me preguntó entre curiosa y enfadada.  La miré y,  de pronto,  sentí unas ganas enormes de abrazarla y contarle todo de principio a fin,  aunque sabía que no podía.  Pero a las madres no se les puede ocultar nada, misteriosamente intuyen que algo no anda bien. Estaba tan asustada y tan confusas que no podía disimular mi estado de ánimo ni físico.  Entramos en su casa y ella,  intuía yo,  estaba esperando una buena respuesta,  pero yo ya no sabía que decirle,  aunque salí de casa sin saberlo.  Comencé entonces a darme cuenta que,  quizás,  esta era una de esas oportunidades en las que se miente sin ser pecado.  Entonces,  decidí que sería en parte mentira,  y en parte verdad.  

-He estado muy liada con las cosas de la casa,  y también he estado enferma.  De hecho,  aún tengo un fuerte resfriado encima.

-Eso te pasa por salir de noche.  Si te quedarás en casa...- Sentenció como tantas veces había sentenciado,  con frases de madre.  Las frases de las madres eran para todas iguales o demasiado parecidas.  Si salías te decían:  - ¡No bebas! - o - ¡Cuidado con lo que bebes,  a ver si te van a echar alguna pastilla o droga en la bebida! - Si te resfriabas:  - ¡Ves,  ya te dije que con tan poca ropa te ibas a resfriar! - En fin que existían una serie de frases que todas las madres adoptaban la obligación de sentenciarle a sus hijas en según qué circunstancias.

- ¿Quieres que te prepare una menta poleo o un café calentito?

Me gritó desde la cocina mientras descargaba y colocaba la compra

-Vale mamá,  una menta poleo.  ¿Te acuerdas de Luisito? -

Le vociferé desde el salón.

- ¿El de la Sra. Petra,  el que estaba por ti? -

Me vociferó a su vez desde la cocina en un tono algo jocoso.

- Sí,  pues se ha muerto,  mejor dicho se ha suicidado- le mentí, aunque era la versión oficial- y estuve el lunes en el velatorio,  es por lo que me resfrié,  pues me calé hasta los huesos.

   Dejó de colocar la compra en la cocina y vino corriendo al salón con cara descompuesta y de circunstancia.

- Pero ¿cómo no me has avisado? ,  Luisito el de la Sra. Petra,  ¿cómo que se ha suicidado? Si tenía la vida resuelta,  ¿qué es lo que ha podido pasar por esa cabeza? .  Tengo que llamar y ver a su familia,  no me lo van a perdonar que no haya asistido al funeral.  Espero que comprendan que no me he enterado de nada hasta ahora ¿Donde es la misa de difuntos? .

   Mamá me bombardeó a preguntas, se respondió a otras que se formulaba a sí misma afirmando categóricamente y dándolas por cierta. Yo por mi parte no quise dar más explicaciones que las que le podían interesar a mi madre y que no revelaran nada de lo realmente acontecido al respecto de la misión que me habían encomendado y a la relación misteriosa de Luis Camanes con todo este asunto. Pensé que cuanto menos supiera del asunto, mucho mejor para ella y para mí. La misa de difuntos se celebraría el próximo domingo, y pensé que a lo mejor acompañaría a mi madre a la celebración de la misa, sería una excusa para ver si me podía enterar de algo o hablar con alguien para sonsacarle algún tipo de información, la que fuera, daba igual, quizá la tontería más insospechada podría darme alguna información importante.

   Con todo el ajetreo se me había olvidado el chico que vi en la parada de autobús, y de repente me estaba acordando de lo sucedido. Era realmente extraño, un niñato sin otro oficio que escuchar música por su Smartphone estaba revolucionando mis pensamientos, estaba descolocándome totalmente y a la vez me hacía sentir un miedo espantoso por lo que todo ello comportaba. Pero lo que realmente me tenía más asustada en ese momento, era el titular de prensa.

      Por tercera o cuarta vez alguien me hablaba en latín, ¡y eso que era una lengua muerta! ¿Por qué ese niño, y en ese momento? Había algo que se me escapaba de mi entendimiento, algo que se me había pasado por alto, algo que no había comprobado o preguntado. Quizá me estaba avisando de algo o quizá era casualidad. Estaba hecha un lío.

   Cuando se hubo enfriado un poco la menta poleo que me había preparado mamá, le di un sorbo largo y casi me atraganto cuando recordé el baúl de casa, había algo más de lo que no me había dado cuenta. Debía ir lo más rápido posible, ya no me fiaba de nada, podían entrar en mi casa para buscar lo que Luis guardaba. Me estaba volviendo paranoica. Debía inventarme una excusa para zafarme de mi madre y salir de su casa lo antes posible. Ella seguía hablándome, pero yo no me estaba enterado de nada pues estaba ensimismada en mis elucubraciones. Para que no diera la sensación de que la ignoraba, me quedaba con la última palabra de cada frase y se la repetía, así quedaba satisfecha y pensaba que estaba poniendo interés en lo que me contaba.

-Bueno mamá que me tengo que ir,  he recordado que tengo cita con el médico dentro de diez minutos (le mentí) -

Me levanté del sillón y le di dos besos,  uno en cada mejilla,  y me dirigí a la puerta de salida.

-Pero hija si no me has dejado terminar de contarte lo de la Julia,  ¿No quieres que te acompañe al médico? -

Me dijo mi madre muy contrariada y con un mohín de circunstancia.

- ¡Mamá que ya soy mayorcita! Sé contarle yo solita lo que me pasa al médico.  Y lo de la Julia lo dejamos para otro día.

Realmente no sabía qué era lo que me estaba contando ni quien era la Julia,  pero me amenazó con contármelo el domingo cuando fuéramos a la misa de funeral de Luis.

   Por fin cerré la puerta tras de mí y me dispuse a ir a mi casa lo antes posible, para inspeccionar de nuevo el baúl. Algo se me había pasado por alto y estaba casi convencida de que se encontraba en el baúl.

   Otra vez a coger el autobús que me dejara cerca de la puerta de mi casa. Por suerte llegué pronto, azarosa y cansada, y de nuevo subí al doblado a inspeccionar el baúl. Puse el periódico en el suelo y empecé a revolver sin saber qué debía buscar y en relación a qué. Tenía una mezcla de emoción y tristeza, de ansiedad y curiosidad al mismo tiempo. Mis manos revolvían el interior como si fueran dos remos a contra corriente. Pude encontrar una libreta azul donde me escribía a mano algunos poemas, la abrí emocionada y embargada por el recuerdo de los años de nuestra aventura para descubrir el mundo, para zamparnos el mundo sin respirar y de un bocado, sin saber que el mundo se nos podía atragantar, nos daba igual. Leí con lágrimas en los ojos uno de los poemas:

 

AMOR SINCERO

No soy sincero

si algún día te oculto,

cobarde de mí en la hora

en que el amor me embarga,

si no te digo:  ¡te quiero! .

No me escondo en el tumulto

de una multitud que llora,

a la hora en que se larga

por no tener dinero.

Y no me importa ser inculto

si por culto se llora,

pues a veces saber amarga.

No soy sincero

si algún día te oculto

que por ti mi alma llora

y sin ti la hora se alarga,

si no te digo que te quiero.


    Seguí leyendo algún que otro poema y recordando momentos pasados,  unas veces con una sonrisa en los labios,  otras con lágrimas en los ojos y otras con mucha melancolía.

   A parte del menta poleo que me había preparado mi madre, no había tomado ningún otro alimento desde hacía ya unas cuantas horas, por lo que mi estómago rugía como un león enjaulado y necesitaba reponer fuerzas; pero de ningún modo estaba dispuesta a perderlas cocinando, así que decidí encargar una pizza a Telepizza mientras  ordenaba un poco aquellos recuerdos que navegaban entre mis manazas. Seguía sin poder lograr relacionar los objetos del baúl con lo que se me podría haber pasado por alto de todo este asunto, sólo contaba con el sobre con la llave de la consigna y poco más. Hasta que, de pronto, recordé la grabadora. ¿Cómo se me había podido olvidar?, intuí que en la grabación podría haber alguna pista de lo que se me podía haber pasado por alto. Recordé que la tenía en el bolsillo del pantalón de chándal que me había quitado y echado al pongo todo del cuarto de baño, donde almaceno la ropa sucia hasta que tengo la suficiente cantidad como para poner una lavadora. Bajé rápidamente las escaleras del desván y corrí hasta el final del pasillo, donde estaba el cuarto de baño, abrí la puerta y empecé a vaciar el pongo todo que estaba detrás. La ropa estaba esparcida por el suelo del cuarto de baño y oí un golpe sordo al caer el pantalón de chándal al suelo, sin duda era la grabadora. Estaba decidida a volver al desván y oír la cinta mientras observaba los objetos del baúl. Pero antes  llamé a Telepizza, la voz de una jovencita sonó al otro lado del teléfono:

- Telepizza dígame-,  me quedé unos instantes en silencio,  pensando si la grabadora dispondría aún de pilas cuando se oyó por segunda vez:  

-Telepizza dígame-

- ¡Ah,  si! ,  perdone la tardanza,  por favor ¿me podría mandar una ibérica a la calle Amistad Nº 12? ,  es una casa baja.

-Si por supuesto,  déjeme un número de teléfono y a nombre de quien.

   Le di los datos que me solicitaba y colgué el teléfono para dirigirme inmediatamente al desván junto al baúl. A mitad de camino me paré en seco, tenía que comprobar, antes de subir, si la grabadora aún tenía pilas. Apreté el botón de  “play” y, menos mal, había  suerte, todavía quedaban pilas cargadas en la grabadora. Subí rápidamente las escaleras del desván y me acerqué al baúl abierto, no perdí el tiempo y me dispuse a escuchar la grabación que hice en el despacho de Alcandoria 66.

   Llevaba ya un buen rato escuchando la grabación y mirando dentro del baúl, creo que la escuché cuatro veces, cuando ante mis ojos apareció un plano de Florencia. No sé por qué, debió ser una corazonada o algo similar, pero pensé que podía tener relación, mejor dicho, sabía que podía tener relación. Me disponía a revisar el plano más detenidamente cuando sonó el timbre de casa. - Debe ser de Telepizza, pero, ¿que pronto han llegado?- pensé. Baje las escaleras del desván y me dirigí a la puerta de entrada para abrir, no sin antes echar un vistazo por la mirilla, nunca se sabe quién puede llamar a tu casa. No vi a nadie, y no porque no lo hubiera.

- ¿Quién es? - pregunté en voz alta detrás de la puerta cerrada.  Una voz de niño me contestó

-Señorita Rosa.

   Enseguida reconocí la voz,  era la del niño de la ventana y enseguida me embargó una sensación de miedo y curiosidad al mismo tiempo.  ¿Cómo sabía dónde vivo? Y,  ¿Que hace aquí y que quiere?

-Señorita Rosa,  ábrame,  deprisa,  por favor.

   Accedí a su petición y abrí la puerta.  Ante mí apareció aquel niño con claros síntomas de estrés,  mirando hacia derecha e izquierda,  como queriéndose asegurar de que nadie le miraba,  que nadie le seguía.  Me empujó y entramos los dos en casa,  cerrando la puerta tras de sí.

-Señorita Rosa,  me manda el Sr Bernardo,  ¿ha hecho Vd. un pedido a Telepizza? ,  me sorprendió que supiera esa circunstancia.

- Sí ¿Por qué? ,  ¿cómo lo sabes? - Pregunté curiosa.

-Tenemos que salir de aquí de inmediato.  Coja lo que necesite o lo que estén buscando y salgamos o la matarán con tal de conseguir lo que quieren.

   Me gritó nervioso y reclamándome prontitud, sus brazos gesticulaban y señalaba hacia arriba, como si fuera un ente superior quien fuera a hacerme todo eso. Me fijé mejor en sus rasgos, al fin y al cabo lo tenía delante de mí implorándome que saliera de mi casa con él, era un niño de unos diez años,delgado cara alargada y pelo negro azabache, muy guapo, sus ojos color miel claros, nariz chata y boca pequeña, sus orejas pegadas a la sien parecían más grandes de lo que eran. por el corte de pelo que llevaba, al cazo como antes. Vestía ropa sport de marca, por lo que deduje que sus padres era gente pudiente, pero no me cuadraba que anduviera sólo en el velatorio y ahora avisándome de un peligro, menos me cuadraba que lo hubiera mandado a avisarme Bernardo, lo cual no albergar dudas sobre la credibilidad de su aviso. Y lo de la traducción del latín, o quizás no lo hubiera traducido él, sino que se lo habían dicho traducido para que me lo transmitiera. De nuevo las dudas me asaltaban, ya no solo estaba echa un lío, sino que estaba cabreada con todo aquello. Ahora resultaba que un niño de diez años me estaba diciendo que mi vida corría peligro si permanecía en mi propia casa, pero de todos modos le creía. Era surrealista e increpé al niño:

 

-Pero ¿tú conoces al Sr. Bernardo? ,  no sé qué relación puedas tener con él,  pero ¿por qué me tengo que creer lo que un mocoso me está diciendo,  sin conocerlo de nada? .  Dime ¿Cómo te lla...?

   Me interrumpió sin ni tan siquiera haberme escuchado nada.

-De prisa Srta. Rosa,  ya vienen,  le tienen pinchado el teléfono los de la SIDTERPA,  me ha dicho el Sr. Bernardo que se lo diga y vienen a por Vd.,  vamos sé de un sitio donde nos podemos esconder.

   Me cogió de la mano y tiró de mí,  pero no pudo moverme pues permanecí allí como si fuera una estatua.  Tenía que recoger la grabadora,  el cuaderno azul,  el sobre con las llaves de la consigna y el plano de Florencia.  No sé por qué, pero intuí que podría ser lo que estaban buscando. Le estaba haciendo caso y fiándome de un mocoso de diez años.

-Espera aquí chico-. Le dije mientras corrí al desván para coger todos los artículos,  cuando también me acordé del sobre que me dio Bernardo al salir de la oficina de Alcandoria 68.  El sobre estaba en una estantería del mueble del salón,  subí primero al desván,  recogí el plano,  el cuaderno,  las llaves de la consigna,  la grabadora y los metí en mi bolso; bajé al salón cuando oí un portazo y la voz del niño:

-Ya están aquí,  ¿Qué hacemos?

    Alargué la mano y cogí el sobre de la estantería del salón y fui al encuentro del muchacho.  Me lo encontré corriendo hacia mí a mitad del pasillo.  Le tendí la mano para agarrar la suya y tiré de él en dirección contraria.  Al final del pasillo a la derecha estaba la cocina y al fondo de la cocina la puerta del patio.  Oí como aporreaban la puerta fuertemente al tiempo que gritaban:

-Abra la puerta,  Rosa,  somos de la policía.

    Lo primero que se me pasó por la imaginación fue que me hacían responsable de la extraña muerte del vigilante de la biblioteca, por eso venían a por mí. Tenía ya clarísimo que tenía que huir, aunque no sabía a dónde dirigirme.

- ¡Y un cuerno! - grité muerta de miedo.  Miré al niño y le dije:

- Vamos hay una salida trasera por el patio de la cocina.

   Atravesamos el patio y abrí la puerta que daba a la calle,  se abría por dentro con una manilla, pero por el exterior necesitaba una llave para abrir.  Al mismo tiempo oí un estruendo,  habían derribado la puerta de mi casa.

   Salí a la calle Sevilla,  sabiendo que ya no podría volver más a mi casa y con un mocoso agarrado a mi mano derecha,  asustado y llorando de miedo.  Nos perdimos por una de las calles transversales y cuando ya creíamos que estábamos a salvo de aquellos salvajes, aunque todavía se podían oír las sirenas de los coches de policía,  el niño paró en seco y con voz ansiosa me dijo:

 

-Srta. Rosa,  tengo que llevarla a un escondite donde le espera el Sr. Bernardo.

 

CAPÍTULO II (3)

LA VERDAD TE SALVARÁ LA VIDA