Escritor, novelista y poeta

Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta


NUNCA LAS ESTRELLAS TAPARÁN TU LUZ

Un tremendo escalofrío recorrió toda mi médula, los pelos se me erizaron con la sola idea de la presencia de aquel niño y su comportamiento en aquella situación. Me quedé mirándolo fijamente, pero no fui capaz de sostener la mirada. Sin embargo, aquel niño siguió mirándome fija y funestamente. Parecía el mismo diablo. No podía permanecer más en aquella casa.

    Salí de allí con la certeza de haber perdido a alguien muy importante para mí. No sólo era la cruda realidad de la pérdida, si no la sensación de que esa pérdida no había sido en vano, que no lo había perdido del todo. Estaba convencida de que Luis, de alguna manera, me quería confiar algo que él sabía y que quería que yo lo custodiara o llegara hasta el fondo de la cuestión, como si se hubiera quedado a un palmo de resolver algo y sólo confiara en mí para terminar lo que había empezado.

    Sí, se reunía allí con sus compañeros, quizá sea que me invitaban a participar con ellos. Era una tontería, una idea estúpida... Quizá no tanto como que iban a robar. De cualquier manera, me senté en un banco del parque cercano para relajarme. Pobre Luis... Nunca imaginé que viviría para saber de su muerte. Al cabo de un rato me levante y comencé a caminar hacia no sabía dónde. De cualquier manera pronto sería la hora de acercarme hasta aquel lugar misterioso. Debía acudir, ya no tanto por mi curiosidad, sí no por Luis. Él no podía estar metido en nada malo. Un club de poesía me parecía lo más inocente del mundo. Ni pensé en que Luis pudiera ser o no homosexual. ¿Qué importancia podía tener eso? . Además estaba segura de que no lo era, pues estaba enamorado de mí. Seguro que era una elucubración para cotillear o tener tema de conversación por parte de aquel plañidero desilusionado que seguro estaba presente por compromiso más que por sentimientos. En cierta ocasión me escribió un poema, pero nunca me mencionó su afición poética ni que se reunía con un grupo de poetas. Es posible que le diera vergüenza, pues era bastante tímido, y eso le impedía hablar abiertamente de ello; pero... ¿ y si lo del grupo de poetas era una tapadera?, al fin y al cabo había muerto en circunstancias nada normales, ¡ ahorcado !. Ahora que lo pienso no puede ser, a Luis nunca se le hubiera pasado por la cabeza suicidarse. En cierta ocasión me comentó que la peor muerte que podía tener era asfixiado, quemado o ahogado. No podía ser. A Luis lo han tenido que ahorcar. Sólo de pensarlo me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, todo esto no estaba ocurriendo por casualidad: lo del mensaje debajo de la clave del wifi, lo del vigilante del museo y su frase misteriosa en latín, lo del niño distraído y quien sabe qué más va a ocurrir en el Alcandoria 66. A Luis lo han engañado y lo han metido en algo turbio, ¡como si lo estuviera viendo!.

    Ya sólo quedan dos horas para la cita de Alcandoria 66.  debo apresurarme y salir de todas estas dudas.  Eran demasiadas preguntas y estaba dispuesta a resolverlas,  aunque me enterase de algo que no quisiera saber.

   Había estado dando vueltas sin saber a dónde me dirigía y algo me llamó la atención: eran dos señores vestidos de negro me habían estado siguiendo todo el rato, sin que me hubiera percatado hasta ahora. los había visto en el velatorio junto a aquel niño. Apresuré la marcha para cerciorarme que me seguían y que no eran imaginaciones mías, pero allí seguían, en la distancia, por el mismo sitio por donde yo pasaba. Sentí un terror desmesurado, no sabía qué hacer ni hacia dónde ir. Una cosa tenía clara, debía ir a Alcandoria 66 a ser posible sin que nadie me siguiera.

    Se me ocurrió que podía perderles de vista en el centro comercial.  Allí,  podría cambiar mi aspecto y listo.  Estaba empezando a pensar que mi curiosidad me había llevado a algo que no estaba nada claro. A estas alturas ya estaba un poco cansada de la situación, estaba en un punto en el que pensaba que podría estar delirando o teniendo un ataque de manía persecutoria, todo esto me estaba trastornando. Pero aquellas personas eran reales y me daba la sensación o, mejor dicho, tenía la certeza de que me estaban siguiendo.

    Suspiré un segundo y caminé hacia el centro, con la esperanza que allí me pudiera camuflar entre la gente como había pensado. Cuando llegué, la cantidad de personas que había facilitaba la confusión, aunque tanto para ellos como para mí. Tenía la ventaja a mi favor que eran más altos que la media de los que se encontraban en el centro comercial, por lo que sabía por dónde iban con sólo divisar sus cabezas que sobresalían del tumulto. Se dieron cuenta de que me había percatado que me estaban siguiendo e intentaba eludirles, por lo que aligeraron su paso para intentar no perderme de vista. A estas alturas ya no se trataba de un seguimiento, se había convertido en una persecución. Debía subir a la parte alta del centro comercial, así tendría una perspectiva más ventajosa para poder despistarles. Subí las escaleras, me giré en el último peldaño para cerciorarme de la posición de mis perseguidores y entré en una tienda deportiva situada en frente de las escaleras, a comprarme un chándal y unas zapatillas. También me hice con una gorra. Por suerte para mí, no me vieron entrar, además la gorra me hizo invisible para ellos al salir de la tienda, y ya no pudieron seguirme, al menos yo no les veía. Al pasar por una tienda de electrodomésticos pensé que sería buena idea hacerme de una grabadora, por lo que pudiera pasar. Bajé, salí del centro y caminé hacia la cafetería, apenas me quedaban unos 50 minutos. Pero estaba segura de lo que iba hacer. Ya sólo quedaba llegar y salir de toda duda. Y fuera lo que fuera, estaba dispuesta a dejar constancia de ello. Con la grabadora .

    Con todo lo sucedido mi cabeza me daba vueltas, me acordé de mi madre que en cierta ocasión en la que estaba hecha un lío me aconsejó que pensara en lo que más me importaba, que daba igual lo que me rodeara, porque lo que más importaba era lo que iba a sacar en claro. Entonces tenía 8 años y mi vida transcurría entre el colegio, mis amigas y mi madre, pues mi padre murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía 4 años, me acuerdo vagamente de él, y siempre pensaba que me protegía ante cualquier adversidad. Era lo que más me importaba en aquel momento. Ahora lo sustituía Luis.

    De repente lo vi todo claro, debía regresar a ver al cadáver de Luis. La corona de flores del club de poesía tenía esa inscripción "condita, tutus et implevit", no era una casualidad, Luis debía haber muerto por algo relacionado con la frase: Guardad, proteged y cumplid. ¿que debía guardar y proteger?, ¿Qué debía cumplir?. Sin duda la clave estaba en Luis, pero ya lo habían liquidado, quizá buscando algo que él guardaba y que protegió con su vida. Ahora faltaba la tercera parte "...implevit". Sin pensar en las pintas que tenía , con aquella gorra, en chándal y con tan poco tiempo de margen, eché a correr, al fin y al cabo iba vestida con ropa deportiva y verme correr a nadie le iba a extrañar. Sorteaba a la gente milagrosamente para no caer por los suelos, agradecí que también me hubiera comprado aquellas zapatillas. Llegué al portal donde vivía Luis y me disponía a subir las escaleras sin importarme lo que la gente pudiera decir al respecto de mis pintas en un velatorio, cuando oí la voz de un niño:

    - ¡Señorita! -

    Me paré en seco,  era el niño de la ventana, esta vez su mirada estaba perdida, no me miró a la cara si no para otro lado.

    - ¡Señorita! - repitió lánguido extendiendo su mano pequeña derecha, en la que portaba un sobre.           

    -He arrancado este sobre de la cinta de la corona de flores de su amigo,  ¿Usted se llama Rosa Verdad? .  Sabía que iba a regresar,  es usted muy inteligente.  No puede volver a subir pues se extrañarían de su comportamiento y no sé qué tipo de gente hay arriba-. Habló de carrerilla sin tan siquiera dejarme contestar a sus preguntas.

    Me quedé boquiabierta,  no sabía que decir,  cogí el sobre y leí:

    - “Nunca las estrellas taparán tu luz” -

    Me estremecí de nuevo pues sin duda alguna el sobre era para mí,  levanté la vista para darle las gracias y para saber quién era ese niño,  pero ya había desaparecido.  "Nunca las estrellas taparán tu luz",  era el título del poema que me dedicó Luis en el instituto.  Las lágrimas afloraron por mis mejillas,  aún recuerdo aquel día, estábamos sentados en el césped del patio de recreos del instituto, yo llevaba una minifalda que casi podría ser más bien un cinturón, o sea que casi se me veían las braguitas, unas botas altas y una blusa de color azul de seda que marcaban mis senos. Me había vestido para la ocasión pensando que podía convencer a Luis para quedar en una cita, era sólo una adolescente con las hormonas haciendo burbujitas; pero no pudo ser pues me dio la noticia que se marchaba a su pueblo una temporada para despejarse y aclarar las ideas. Yo entonces le entregué las llaves de mi baúl, donde íbamos guardando las pruebas de todos los acontecimientos que habíamos vivido juntos, y que no abriríamos hasta que el destino nos volviera a juntar. El destino ha sido cruel pues ha llegado tarde, o ¡quizá no!. Abrí apresuradamente el sobre, no sé por qué pero llegado a estas alturas ya me estaba imaginando qué había dentro. Efectivamente dentro estaban las llaves del baúl, las llaves que quizá abrirían las puertas a la solución de mis dudas. Miré el reloj:  

    - ¡Oh Dios,  son las seis menos veinte! .  Otra vez a correr.

    Pude llegar a la casa en menos tiempo del que había pensado, de algo debía servir la carrera que me había marcado ¿no?. Saqué las llaves del bolsillo y abrí la puerta de casa. Sin pararme en ningún otro sitio, subí las escaleras de la buhardilla todo lo aprisa que pude y me fui directa al baúl. Esta vez sí tenía la llave, la introduje en la cerradura algo oxidada, me costó girar la llave hasta el punto de asustarme al oír un “clip”, pensando que me la había cargado. Por fin pude abrir el baúl, y lo que pude contemplar podría describirse como dantesco si no fuera porque eran recuerdos que habían sido depositados sin orden a lo largo de los años. Ya hacía algún lustro que allí no se había depositado ningún recuerdo, la llave se echó hace al menos doce años sin que se hubiera vuelto a abrir hasta ahora. Cogí una serie de notas y algunos poemas que había guardado de Luis. Recordé el sobre, me lo entregó con una llave dentro y una nota: “estas son las llaves de la consigna que está a mi nombre en la estación de autobuses, haz uso de ella sólo en el caso de que me pase algo”. Sentí que había estado perdiendo el tiempo, el propósito de abrir el baúl era encontrar mis apuntes de latín, pero a estas alturas ya sabía todo lo que debía saber, aunque una intuición femenina me había obligado a ir a casa y abrir el baúl. Como dice el refrán: “no hay mal que por bien no venga”, y había encontrado aquel sobre qué guardé, entre otras cosas, y que seguro que me serviría para algo. Además estaba dispuesta a hacer uso de aquella llave, ¿acaso no le había pasado algo a Luis?, pues ya está debía abrir la consigna; pero ahora eso podía esperar, así que dejé en el baúl el sobre y lo cerré. Bajé a la calle y fui a la parada de taxi para coger uno, me monté en el primero de la fila de taxis aparcados en la parada.

 

    -A Alcandoria 66 por favor- 

 

EL DINERO DEL TRIBUTO