Escritor, novelista y poeta

Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta


"CONDITA,TUTUS ET IMPLEVIT"

Estaba desorientada, sin saber que decir ni hacer, confundida, en medio de la calle y empapada, mientras del cielo seguía cayendo una lluvia persistente. El frío que se me colaba hasta los huesos, empezó a hacer mella en mí, o el cansancio, no sabría distinguirlo ni quería quedarme para pensarlo. Comencé a caminar, no sé, supongo que hacia mi casa, no estaba muy lejos, dos o tres barrios más allá. Pensé que llegaría pronto y tendría tiempo de sobra para tomar algo caliente y cambiarme de ropa. No estaba dispuesta a permanecer más tiempo así, mojada y en aquel lugar o cogería una pulmonía. Mientras caminaba no paraba de pensar en lo que me había dicho el vigilante y en lo que pudiera suceder en “Alcandoria 66” esa tarde, tenía que enterarme de algún modo.  

    "Condita, tutus et implevit", sería seguramente una de esas frases aprendidas de la gente mayor, que utiliza como refrán y que no saben qué significa, para darse importancia o una apariencia de intelectual, quizá buscando el respeto del interlocutor. Pero no se me quitaba de la cabeza, algo me decía que aquello que me había dicho el vigilante podría ser importante. Mis conocimientos de latín se remontaban a tiempos olvidados de estudiante, por lo que barajaba varias posibilidades sobre el significado; pero ¡qué demonios!, tenía que averiguar el significado, ya no podía aguantar más la intriga. Apresuré mis pasos en dirección a mi casa en la calle de la Amistad 12, me daría una ducha, me cambiaría y llamaría por teléfono a Luis Camanes, un amigo mío que había estudiado filología y lenguas muertas. Qué ironía, "lenguas muertas", me imaginaba una fila de lenguas necrosadas reposando en una encimera de un crematorio. Ironías a parte, debía poner en orden todas estas cuestiones, pues quedaban tan sólo unas tres horas para que sucediera, si es que iba a suceder algo, lo que fuera en “Alcandoria 66”. Ya casi he llegado a casa y me ha venido a la mente un viejo amigo que solía reunirse para hacer tertulia con un grupo de poetas, y creo haberle oído decir que quedaban en el "Alcandoria". Estaba hecha un lío, mejor subía a casa y me daba esa ducha y después lo pondría todo en orden.

    Llegué a casa.  Me quité los zapatos, dejé el bolso en una silla y comencé a desnudarme para poder meterme en la ducha.  El agua caliente me relajó casi de inmediato.  Respiré profundamente y comencé a pensar otra vez sin casi darme cuenta.  El latín no lo tenía fresco en la memoria.  De hecho nunca se me dio bien y lo sucedido en la cafetería...

    Cuando terminé de ducharme, me sequé,  vestí y cogí el teléfono para llamar a mi amigo.  El teléfono empezó a sonar,  pero nadie lo cogía.  Seguí intentándolo un par de veces más, pero nada. ¿Qué pasaba? Estaba ya desesperada, se me escapaba de las manos y se estaba convirtiendo en una obsesión. Me acordé entonces del baúl, un baúl viejo y raído por la carcoma que guardaba en la buhardilla y me levanté como un resorte. Tenía que encontrar los apuntes de latín. Por otro lado me resultaba extraño que Luis no contestara a mi llamada, siempre lo había hecho, fuese la hora que fuese pues estaba enamorado de mí desde el instituto y, aunque se había distanciado más en el tiempo, no habíamos perdido contacto telefónico. Su padre nunca aprobó nuestra amistad, siempre decía que no llegaría conmigo a buen puerto. Quizá tuviera razón, era demasiado impulsiva, demasiado preguntona, demasiado de todo. Por fin llegué al viejo baúl, lo contemplé asqueada por la cantidad de mugre y polvo que había acumulado durante tanto tiempo de desuso, fui girando a su alrededor para ver si adivinaba o descubría de debajo de tanta mugre, por donde se encontraba la abertura. ¡ Maldita sea ! necesitaba una llave y ¿adivina quien la tiene? ,  me pregunté irónicamente. Pues sí la tiene Luis Camargo,  al cual se la entregué en señal de alguna tontería de las de adolescente.  Tenía que dar con Luis como fuese y ya sólo quedaban 2 horas y media.  Ya está,  iría a su casa,  me daba igual lo que pudiera pensar después de tanto tiempo.  Debía darme prisa,  menos mal que vivía relativamente cerca.  

    Por suerte había dejado de llover.  Me puse un abrigo y salí de casa para dirigirme a la casa de Luis.  Tal vez tenía estropeado el teléfono o estaba lejos de él y por eso no lo cogía. Cavilé un millón de situaciones por las cuales no había cogido el teléfono, pero perdía el tiempo.  Cuando llegué me di cuenta de que algo pasaba, la calle estaba atestada de coches y aquello era un hervidero de gente que iba y venía en actitud seria, entraban y salían del portal de su vivienda cabizbajos. Era evidente que allí estaba ocurriendo algo que no quería ni pensar, me negaba a imaginarlo. Me entró un miedo horrible. ¿Qué había pasado?. Había subido hasta su casa sin que nadie se hubiera percatado de mi presencia, debido a la dramática situación. Cuatro pisos de un ir y venir de gente. No, no podía ser. Tal vez... Allí estaban sus padres. Lloraban y recibían condolencias, tampoco se habían percatado de mi presencia. Por lo menos yo no vestía de manera muy inadecuada. Mis pantalones eran negros, igual que mi abrigo. La camisa era rosa pero no muy fuerte, no creo que... ¡Oh dios mío!. Estaba muerto.

    Me encontré mal, un escalofrío recorrió mi cuerpo y casi estuve a punto de desmayarme, pero debía mantener la compostura y no dar un escándalo. Sentí mucho dolor, me habían arrancado el corazón de cuajo. Dicen que las personas no saben lo que tienen hasta que lo pierden. Es verdad, ese fue el momento en que me di cuenta de lo que había sentido por Luis. Quizá no quise nunca saberlo ni que nadie lo supiera, por eso me lo negaba a mí misma y a los demás. Pero en ese momento supe que Luis había sido el amor de mi vida. Pasaron por mi mente pequeños detalles y momentos que había desaprovechado. Un montón de preguntas me invadían: ¿qué hubiera sido de mi vida si...?, ¿por qué no le presté la atención que necesitaba en algunas ocasiones? Y preguntas similares.  Es posible que me sintiera despechada,  sobre todo cuando estuvo en su pueblo,  a "despejarme un poco" me dijo.

    Luis era muy conocido y muy querido. Entre toda esa gente se encontraban sus alumnos del instituto, y gente que yo no conocía de nada. Entré en una salita donde se encontraban sus padres y supongo que sus familiares más allegados, aunque al lado de una ventana se encontraba un niño muy distraído mirando a la calle. Entraron en la habitación un grupo de personas que portaban una corona, iban vestidos con capas, camisas blancas y boinas, un poco extravagantes, pero enseguida comprendí quienes eran, aunque no los conocía de nada, pues en la corona de flores que depositaron delante del cuerpo presente de Luis rezaba : "El Club de poetas libres no te olvidan". ¡ Joder ! pensé,  se dedicaba a escribir poemas.  Decidí dejar por el momento el tremendo dolor que sentía, ya habría tiempo de expresarlo, puesto que estaba allí por un propósito, aunque mucho me temía que aquel acontecimiento iba a formar parte, como resultado, de mis averiguaciones. Ya me estaba poniendo muy nerviosa,  estaba como al principio y no había averiguado nada.  Decidí preguntarle a un doliente que se encontraba a mi lado:  

    -Disculpe, ¿Por qué ha muerto Luis, que le ha pasado, si estaba muy sano?.  Me miró con cara de circunstancia y en voz baja y con tono de secretismo me dijo que se lo habían encontrado ahorcado en el altar de la ermita de San Luis, patrón de este barrio, le habían hecho la autopsia y aquí lo han traído para el velatorio y que le den santa sepultura-. No sabía aquel señor el daño que me habían hecho aquellas palabras, Luis ahorcado. Ya que había entablado conversación con el siniestro doliente, me atreví a preguntarle si sabía dónde estaba Alcandoria 66. Estaba dispuesta a llegar hasta el final pues eran demasiadas desgracias y demasiadas coincidencias.

    - ¡Allí era donde se reunía con sus amigos poetas! ,  a mí no me gustaba mucho ¿sabe señorita? ,  yo creo que eran todos homosexuales,  es un poco turbio.  El bar se encuentra a unos 200 metros de la estación de autobuses,  junto al cine "Las Princesas".

    Por fin sacaba alguna información en claro, me debía apresurar, le di mis condolencias a sus padres prometiéndoles que volvería más tarde, ya que en ese momento no podía quedarme porque tenía que ir a trabajar, les mentí, y ellos asintieron complacidos, aunque me temo que ni siquiera me reconocieron obcecados por el dolor. Me levanté de la silla y, de repente, un escalofrío me recorrió la médula, fue la mirada de aquel niño que estaba junto a la ventana. Me acerqué a él para preguntarle qué le pasaba y, levantando la mano para indicarme que no me acercara más, me dijo:

    -"guardad,  proteged y cumplid".  

    - ¡Eso era! "condita,  tutus et implevit". 

 

NUNCA LAS ESTRELLAS TAPARÁN TU LUZ