Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta

Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta


DIARIO DE LA JUDÍA

CARTA A SU MADRE

                     

 

 

 

 

 

 

 

 

CARTA A SU MADRE

 

 Mamá, hoy me dieron de comer, me siento feliz en este mundo de desgracias, únicamente pan y agua, ¿te imaginas?, pan y agua, ¡qué suerte tengo!, hay gente aquí que muere de sed, sí de sed porque no les da tiempo a tener ni hambre. En otras ocasiones les hacen sufrir y los mantienen con agua para que mueran de hambre.

 

 En realidad, la suerte me viene dada por el soldado que se ha fijado en mí, aunque si lo pienso no sé si es porque quiere violarme, otra vez, o porque siente lástima, incluso podría estar enamorado, ¡iluso!, ya ni los odio, no se merecen mis sentimientos.

 

 No te preocupes, he aprendido a soportarlo y saco provecho de ello. Mucha gente muere a mi alrededor, unos de un disparo en la cabeza, otros porque les inoculan bichos y caen enfermos, otros porque los llevan a esas naves que huelen a butano. Aunque lo peor no es eso, lo peor es que les roban su dignidad, les quitan sus ropas en vida para avergonzarlos, los matan en vida y mueren ya muertos.

 

 Por eso he aprendido a sacar provecho, por eso no debes alarmarte ni preocuparte, en cierto modo tengo suerte porque, como te dije, mueren ya muertos y a mí ya me han matado. ¿Qué puede pasarme ya? Yo ya he muerto, es mi cuerpo el que está vivo y, por lo que intuyo, así les interesa de momento.

 

 No llores por mí, que te conozco, no merezco tus lloros ni ellos tu pena. Sólo pienso en que no hay mañana porque el hombre se ha enemistado consigo mismo, con sus hermanos, padres, hijos y semejantes. Únicamente porque no piensan igual. Qué aburridos son, pretender que todo el mundo piense lo mismo. ¿Pare qué?

 

 Hoy he visto a un niño matar a su hermano, ¡qué dolor me produjo!, sobre todo porque los conocía. Uno era de ellos y el otro estaba en contra, lo llevaban bien, pero hubo una colisión de intereses entre ambos y al final lo denunció. El mayor, que fue el que denunció y que estaba a favor, pensaba que de su hermano se encargarían otros, pero le obligaron a matarlo. Luego no lo he vuelto a ver desde que se alejó hacia las naves esas que huelen a butano. No te digo quienes eran porque tú también los conoces y no te quiero apenar.

 

 Los reunieron a los jóvenes en el patio porque faltaba uno de los suyos que había ido a nadar al río y este se lo tragó. Les prometieron que el que entrara a por él le soltarían y no lo mataría. El río está lleno de pocetas y una de ellas se tragó al soldado. Un chico de unos 17 años se envalentonó, pensando en salvar la vida, y se ofreció voluntario. Le llevaron hasta el río y, sin dudarlo, se zambulló en él. Casi le cuesta la vida, pero consiguió sacar el cuerpo del soldado. Allí mismo le pegaron un tiro en la cabeza y luego metieron a su familia, a la que habían desnudado delante de todo el mundo, en aquellas naves que ya sabes.

 

 Bueno ya no te cuento más que te voy a apenar, aunque lo que te he contado es lo mejor que ha pasado, que hoy me dieron de comer pan con agua.

 

 Fue una historia ficticia, aunque a veces la realidad supera la ficción, pero lo más preocupante de este pequeño relato es que la historia se repite cíclicamente. Sólo porque unos quieren ser únicos o distintos a los demás, sólo por el afán de acaparación del hombre, sólo porque nos creemos con el derecho de apropiarnos de lo que es de todo el mundo, sólo porque no pensamos igual; nos empecinamos en aquello en lo que creemos tener razón, aunque la mayoría diga lo contrario. Solamente me hago una pregunta ¿Cuándo vamos a aprender? Estamos aquí de paso y a ese paso nos ponemos zancadillas todo el rato. Basta ya. Seamos más civilizados, seamos tan civilizados como los animales (parafraseando la canción).

 

 Mi deseo es que nos llevemos bien entre todos, mi opinión es que hablando se entiende la gente, como en los pueblos pequeños que la palabra vale más que los hechos y los hechos van siempre precedidos por palabras. Todo es posible si se quiere y se respetan las reglas que nosotros mismos nos damos.

 

 

 

CONTINUARÁ


EL DIARIO DE LA JUDÍA

LA PERRA DE BELSEN

Yo estaba apoyada en una esquina de la verja, desde donde veía cómo una fila mujeres se dirigían a lo que llamaban “módulo de recepción” y que estaba situado junto a las vías del tren, separada por una dársena. Descendían de los vagones por cientos y formaban esas largas filas que desde allí podía observar. Iban la mayoría llorando y como yo eran judías. También había gitanas y de otros países, españolas, checas, polacas... Todas tenía algo en común, que eran diferentes, no eran arias, ni rubias, ni esbeltas, ni pertenecían a lo que en esos momentos se consideraba una raza en pleno auge, la raza aria la denominaban.
Todas iban vestidas con ropas normales, pero cuando salían por la puerta de atrás de aquel hangar, ya no se podían distinguir unas de otra, las habían rapado y vestido con aquel pijama de rayas.
Así era todos los días, por lo menos los que yo llevaba aquí y que no sabía cuantos me quedaban por vivir.
Sólo me hacía una pregunta: ¿dónde estaban sus hijos? En ese momento no tenía ni la más mínima idea de la suerte de los mismos.
Mis pensamientos viendo esa escena desde un lugar aparentemente seguro, por el momento, pues allí no había nada cierto, se desviaron de momento. Alguien me agarró del brazo sin que me hubiera percatado de que se acercaba a mí con anterioridad, y me giró el cuerpo. Era Aquel soldado que se había fijado en mí, acompañado por una niña, cosa que me extrañó. Una niña de unos 16 o 17 años, rubia, preciosa, no había visto una niña tan linda como aquella desde hacía mucho tiempo. Aunque su mirada me daba miedo, evidentemente era alemana, seguramente nazi, entre otras cosas porque el soldado me dijo que estaba allí porque quería ser enfermera del régimen. Creo que me dijo que se llamaba Irma, el apellido no lo recuerdo bien, algo así como Grose o Grese. Bueno aquel detalle no tenía importancia. Detrás del soldado y la niña estaban otras cinco residentes del campo como yo, supongo que esperando a que iniciáramos la marcha hacia donde querían que fuésemos.
Nos llevaron a una pequeña cabaña al final de los diferentes hangares que estaban perimetrados por las verjas de pinchos. Por el camino observé que la niña no paraba de mirar a las mujeres que íbamos dejando atrás, según nos acercábamos a la cabaña. No lograba comprender el motivo por el que le llamaban tanto la atención, aunque pensé que como quería ser enfermera, se estaba fijando en las múltiples heridas o síntomas de enfermedad de las mujeres que observaba.
Nos paramos a las puertas de la cabaña, nos dijeron que esperáramos fuera y que nos irían, llamando. A tenor de la información que tenía, suponía que la niña nos quería observar el estado de salud, pero nada más lejos de esa intención. Empezaron a nombrarnos una a una.
Llamaron a la primera y al cabo de unos quince minutos a la segunda, pero la primera aún no había salido de la cabaña. Empecé a inquietarme. Llamaron a la tercera y ninguna de las dos anteriores habían salido. Hasta que me di cuenta que salía por una puerta trasera, desnudas y juraría que llevaban los pechos ensangrentados. Miré hacia atrás y teníamos a cuatro soldados con sus armas reglamentarias, por lo que mi idea de salir para atrás quedó echada por tierra.
Estaba aterrada, aunque sabía que de un momento a otro algo muy malo me podría ocurrir, sólo de pensar que quedábamos dos y como media me quedaba una media hora para entrar en aquella horrorosa cabaña. Pero algo debió ocurrir que, de pronto, salieron el soldado y la niña por la puerta y pararon la supuesta consulta.
Quedé aliviada, por el momento, pues nos dejaron marchar a lo que estábamos haciendo anteriormente. Pero antes de irme de allí, la niña pasó a mi lado y se quedó mirándome fijamente. ¡Nos veremos hermosura!, fue lo que me dijo y marchó rápidamente hacia la dársena.
Fdo.: Alfonso J Paredes Aly Parca
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CONTINUARÁ

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