Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta

Alfonso J. Paredes

Escritor, novelista y poeta


CAPÍTULO I (PARTE 2)

EN LA BIBLIOTECA

 

 

 

 

 

Salí de aquella cafetería, aunque estaba lloviendo insistentemente, este contratiempo no me impedía caminar todo lo aprisa y con la determinación que mis tacones me permitían. Alcandoria 66 ¿ Qué sería?, debía llegar a la biblioteca más cercana antes de que cerrase sus puertas, se encontraba al final de la avenida. Las calles empedradas hacían que mis tacones resbalaran introduciéndose en los huecos de separación entre piedra y piedra del firme, haciéndome doblar los tobillos e infringiéndome dolor a cada paso que daba pero, no importaba, estaba decidida a ir a la biblioteca a solucionar mis dudas cuanto antes.

    Llegar hasta este punto me había llevado unos 20 minutos, y las puertas de la biblioteca "Delgado Valhondo" hacía 15 minutos que habían cerrado. Los tobillos y las rodillas me dolían por todo aquel esfuerzo para llegar a tiempo, pero me sentía dispuesta a saber qué era aquello. Me colé por una de las puertas de servicio que aún estaba abierta, accedí al hall principal a través de otra puerta contigua de incendios. Las alarmas no debían estar accionadas todavía, pues de lo contrario habrían detectado mi presencia. No vi a nadie, supongo que el vigilante debía estar cerrando puertas y haciendo la primera ronda, por si algún rezagado se hubiera quedado dentro de alguna de las múltiples salas de la biblioteca. La sala de “Recursos Informáticos” se encontraba en la primera planta, a la que se accedía por unas escaleras situadas a la derecha del mostrador del hall principal. Me quité los zapatos para no hacer ruido y subí aquellas escaleras, descalza y con los pies destrozados por la caminata. El contacto de mis pies descalzos con el suelo frío, me hizo dar un respingo, estaba frío, pero no importaba con tal de pasar desapercibida sin hacer ruido. Treinta y ocho escalones que se me hicieron eternos, giré a la derecha y anduve unos quince pasos para situarme en la puerta de entrada de la sala de "Recursos Informáticos”. Entré y pude observar que todos los ordenadores estaban apagados,  elegí uno y lo encendí ,  el primero que encontré.  Tardó un par de minutos en iniciarse, se me hicieron eternos. Abrí el navegador y escribí la palabra en el buscador: "Alconadoria 66" y aparecieron multitud de referencias. Tenía miedo de que el vigilante cortase la luz y no pudiese averiguar nada. Elegí la primera opción y me apareció un evento: “Liga de la Ciencia”, que estaba ya desfasado pues la publicación era de hacía siete años. Pero me fijé bien y no andaba desencaminada, pues el sitio seguía existiendo. Al fin y redirigiéndome de página en página llegué a Alcandoria, era una sala-café-conciertos y exposiciones. Y precisamente esta tarde se exponían una serie de pinturas que formaban parte de una colección, que organizaba una especie de hermandad, “ El Club de poetas libres”.

    El tiempo se me echaba encima y, una mezcla de ansiedad y curiosidad me estaba martilleando pero,  ¿Qué tenía esto que ver conmigo? ,  parecía una película de suspense o una teoría de la conspiración.  Resultaba atractiva la idea de ser partícipe de una historia como esta. No soportaba la idea de pensar que el guarda de seguridad me pillara infraganti pues había pasado ya algún tiempo allí dentro y, tarde o temprano, aparecería por aquella puerta. Una pregunta me invadía de todos modos mis pensamientos:  ¿a quien le interesaba que yo supiera todo esto? .  Acabé convenciéndome,  estaba decidida a acudir a Alcandoria 66,  no podía quedarme con la incertidumbre,  sobre todo necesitaba una explicación.  Tomé nota de la dirección y me levanté de la silla para salir de allí.

    Sólo quedaba encendida la pantalla del ordenador que estaba utilizando y que daba iluminación a la estancia de "Recursos Informáticos" de la biblioteca.  Resultaba evidente que el vigilante no se había percatado de mi presencia, puesto que no daba señales de vida.  

    - ¿Oiga? , -

    Grité con la esperanza de que el vigilante me encontrara y me abriera las puertas para salir. Eran ya las dos y media del mediodía. Repetí la pregunta al menos cuatro veces, y mi voz resonaba por los pasillos huecos, sólo chocaba contra los miles de libros perfectamente ordenados de las estanterías. De pronto alguien me sujetó del brazo por la espalda y palidecí del susto zafándome bruscamente de aquella mano que me había asido por la izquierda. Di media vuelta y comprobé, aunque ya me lo suponía, aliviada al mismo tiempo que contrariada, que era el vigilante. Un señor entrado en años, de mediana estatura, nariz aguileña, pelo canoso. Sus rasgos faciales, surcados por la edad, eran más bien cuadrados, el uniforme que portaba, pantalón monocromo azul marino oscuro y botas de campaña, chaqueta del mismo color con bolsillos por todas partes y con letras en amarillo escrito "VIGILANTE DE SEGURIDAD" y debajo el nombre de la empresa: "SIDTERPA", era la primera vez que veía ese nombre de empresa de seguridad, le daba a la vez un aire de solemnidad y de fuerza autoritaria. Comenzó a andar tirando de mí, cojeaba ligeramente. Me miró a los pies, que los tenía descalzos, y me hizo un gesto para que me pusiera los zapatos que portaba en la mano. Me apoyé en su hombro derecho con mi mano izquierda para ponerme los zapatos, primero el izquierdo, luego cambié de hombro y de mano y me puse el zapato del pie derecho. Bajamos con cierta premura las escaleras,  a pesar de su aparente ancianidad y de su cojera.  Llegamos a la puerta principal y con su manojo de llaves la abrió,  acertó a la primera con la llave que portaba en un llavero del que al menos colgaban treinta o cuarenta llaves,  y su voz sonó temblorosa para decirme:  

    -por aquí señorita Rosa.

    Me quedé perpleja,  ¿Cómo sabía mi nombre? .  No se lo pregunté y nunca lo sabré porque jamás lo volvería a ver.  Me invitó a salir al mismo tiempo que me formulaba la siguiente frase:  

 

    -"condita,  tutus et implevit"-,  y cerró la puerta tras de sí. Era el colmo, ahora me hablaba en latín.     - ¡Oiga! ,  ¿Que me ha querido decir? - imploré aporreando la puerta con un mohín de desesperación,  pero no recibí respuesta,  mientras que vi a través del cristal como desaparecía en el interior de la biblioteca.    

 

"PARTE 3 "CONDITAT TUTUS EN IMPLEVIT"